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UN DEBATE BANANERO Imprimir E-mail
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José Carlos Martín Puig
Sociólogo

Aquellos que se empeñan en decir que formamos parte del primer mundo y han andado siempre preocupados con equipararnos a todos los niveles con la Europa que se llama así misma moderna, deben haber perdido definitivamente las formas y dejado al descubierto su naturaleza más real, la bananera.

Lo digo porque, aunque soy de los que siempre he defendido que en Canarias nos queda aún mucho para elevar el discurso, el debate y las decisiones de gran calado que viene necesitando nuestra tierra desde hace mucho, al menos siempre se había hecho por cuidar las formas, para no descender de categoría también en los modos y maneras.

Lo ocurrido esta última semana en el transcurso de las sesiones del llamado Debate sobre el Estado de la Nacionalidad, son una viva y a la vez triste muestra de que, lejos de progresar, involucionamos a marchas forzadas. Si grave es que todo un Presidente del gobierno tache de chiquilicuatre a quien detenta la máxima representación parlamentaria de la oposición en un debate, que además debía ser de altura por no ser precisamente uno de carácter ordinario, tampoco se queda atrás que quien debe respeto, institucional al menos, tanto al Presidente de todos los canarios como a quien preside la Cámara representativa, tenga como argumentos sus dotes para la pintura de cómic o repetidas destemplanzas cuando menos indignas por ser de quien se trata.

La situación del archipiélago no es la idílica que en pura lógica quiso dibujar Paulino Rivero y por tanto claro que merecía entrarse a criticar los aspectos de su gestión que claramente son muy mejorables, especialmente en sanidad y educación. De ahí a sustituir la crítica y el papel responsable de oposición, por el marrullerismo con alguna que otra dosis narcisista y prepotente, sinceramente creo que deja mucho que desear. Nadie pone en duda que la pinza CC-PP sobre López Aguilar y los niveles de visceralidad a que ha llegado su enfrentamiento desde hace tiempo, pudieran hacer caer al más equilibrado en una pérdida momentánea de su sentido y altura política, pero a lo que estamos asistiendo y en escandalosa progresión es a un barriobajerismo político intolerable.

Aún me parece recordar el váyase Sr. González de aquel candidato a presidente que con los años ha terminado dando conferencias en Spanglish sobre los orígenes andalusís de AlQuaeda o animando al copeteo sin control aunque conduzcas. Lo digo porque las prepotencias son malas compañeras en la política y todos observamos los modos y maneras que perdió el PP cuando quien se convirtió en su principal representación perdía las formas antes, durante y después de ostentar el poder. Sólo le faltaba al partido que posiblemente sea alternativa de gobierno en el 2011, seguir en esa dirección de creciente crispación institucional, porque por lo ocurrido a nivel de Estado ya sabemos cómo acaba eso a niveles de calle.

Un debate de altura, digno incluso de llamarse de la Nacionalidad, debió tener de entrada otras formas y maneras por parte de todas sus señorías, las que hablaron y las que callaron ante tamaño espectáculo. En segundo lugar debió ser un debate sin guión prestablecido, al menos televisivo. Un debate con exposiciones y posiciones que en pura lógica tienen que mostrarse como diferentes, pero también recíprocamente dignas de ser planteadas y de ser escuchadas porque, definitivamente si no es así, vamos hacia la muerte definitiva del parlamentarismo.

Los grandes temas de Canarias siguen sin estar presentes en los debates y sesiones de ese Parlamento. Es cierto que comparar a Aguilar con el friki de eurovisión es bananero, pero también empieza a serlo, con más crudeza aún, que la falta de visión de nuestro Parlamento y sus miembros también nos sitúe en esa condición tercermundista de la política y la acción de gobierno de un país.

Canarias no merece este gobierno, pero si ese va a ser el talante de la oposición con representación parlamentaria, me empiezo a cuestionar seriamente si con algunas actitudes, no se está alimentando por defecto, a quien está agazapado en la moqueta de la consejería de economía y hacienda observando estas constantes perrerías.

Alguien dijo que a los políticos inteligentes se les reconocía no ya por cómo supieran hablar, sino porque intuían cuando debían callar. Para que el ruido no se convirtiera en algarada y ésta en escandalera y constante crispación, alguien tendría que decirle a quien ha demostrado saber hablar, que sepa también callar. Lo dijo porque si no, resultara aún más lógico que la gente termine por considerarlos a todos, unos chilicuatrejos malcriados que no saben lo que tienen entre manos.

Escrito el ( lunes, 31 marzo 2008 )

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