Es verdad que la política moderna ha hecho florecer concepciones progresistas donde sin embargo se esconden algunos furibundos conservadores y otras menos que, siendo conservadoras, tienen terror a quedarse fuera de los tiempos y asumen algunos postulados progresistas, por aquello de que queda estéticamente bien. Ambas tendencias surgen ante el miedo a llamarse a secas de izquierdas o de derechas, por el dichoso eufemismo ese de que hay que buscar lo políticamente correcto. Claro que hay quien con el tiempo termina confundiendo los términos y al final donde antes había mucho de izquierda ahora no se sabe que hay y donde antes había centro-derecha termina descubriendo a guerrilleros de Cristo Rey. Debo suponer que por lo menos aún quedan algunas esencias de la izquierda en quienes se llaman progresistas y que se resumen en ampliar el abanico de derechos individuales y colectivos a cada vez más personas. Como debo suponer que el papel de alguien de derechas sigue siendo poner el grito en el cielo si esos derechos atentan contra su Dios, su orden, su Estado, su Patria,.. En definitiva contra los intereses y las creencias de los siempre.
A lo mejor en los últimos tiempos algunos han optado por quitarse definitivamente el disfraz. Ese que tan singulares resultados les ha dado durante algún tiempo y que bajo el apellido de popular había conseguido hacer creer a más de uno que eso del centro podía existir. Gallardón, el alcalde de Madrid, fue uno de los que se lo creyó, aunque ayer, como otros antes, se cayó del guindo. La ultraderecha española, aquella de nuevo rostro, de finas formas, de caros perfumes, de esmerada puesta en escena, en definitiva, aquella que fue convenientemente maquillada para jugar a la democracia, se ha cansado de autocontrolarse, se ha percatado que lo que toca ahora no es conservar nada sino involucionarlo todo, incluso el partido donde se ha cobijado los últimos 20 años. Para ello sacan a los obispos de las iglesias, jalean las ondas que claman involución, se pertrechan tras símbolos patrióticos, pero sobre todo movilizan la crispación, el miedo, las amenazas en una sociedad que cree que el mundo poco menos que se empieza a hundir bajo sus pies. Si algo tiene de bueno esta nueva situación es que, por lo menos, la izquierda se convencerá de una vez que la derecha de siempre sigue ahí, que burro viejo no aprende modales, que lo que hay que buscar ahora no es parecer otra cosa para no asustar, sino practicar de verdad otra cosa para ilusionar.
Atrás quedaron en el tiempo las revoluciones, las posiciones intransigentes, las direcciones políticas férreas, pero sería horrible pensar que también quedaron las ansias por seguir avanzando, por seguir transformando, por seguir conquistando espacios y libertades para los que siempre serán más en esta sociedad. Triste sería terminar comprobando que no hay capacidad de reacción, capacidad de visión, capacidad de frenar tanta derechización, precisamente porque ya los altos ideales no abundan tampoco en la izquierda. La ultraderecha española se ha bajado el burka y enseñado parte de su rostro. A quienes nos sentimos en las antípodas de esos modos y maneras, nos negamos a volver a la caverna de sus esencias ñoñas y queremos mirar hacia delante, este desnudo integral del PP no nos sorprende. Ahora sólo falta que no le pase inadvertido al resto de esta sociedad y eso no pasa sólo con votar el próximo 9 de marzo. Pasa por volver a hacer política con mayúsculas, por dar contenidos realmente progresistas a las políticas que se implementan, por ganar en la sociedad más espacios donde no pueda seguir pescando desencantados la involución.